Él, Indio

El indio caminaba a paso severo sobre la pedregosa vereda. Ni la oscuridad de la noche ni lo agreste del camino parecían inquietar su andar. Solo el arado de las estrellas le acompañaba en su jornada. Cuando llegó a su jacalito, se fue directo al fogón y le sopló un poquito. Sacó del morral unas cinco tortillas y las acomodó en las brasas. De la olla que estaba junto, cuchareó los últimos frijoles con el caldo epazotado y se los echó en una jícara de barro. Volvió a meter la mano en el morral y buscó el par de chiles verdes que se hallaban descolados en el fondo, después se sentó en su tronco de madera frente al fogón. El indio comió sin prisa. Con mucho sosiego sorbió los frijoles ayudándose de las tortillas mientras masticaba chiles. El suave destello rojizo de las brasitas acompañaba la penumbra de su cena y le atoraba la mirada entre cada masticada. Cuando terminó, se quitó el morral y lo colgó en un palo. Después jaló el petate que estaba enrollado todavía en el rincón, quitó el tronco y en su lugar acomodó su cama. Cuando se acostó lo hizo mirando el cielo de su humilde casa, cruzó su brazos tostados por el sol e hizo algo que hacía tiempo que no hacía. Rezó a su Padre Todopoderoso calladito y con fe mientras unas tristísimas y cálidas lágrimas se le escapaban por el rabillo de sus ojos para ir a perderse entre las orejas y su cabello. Así lo agarró primero el sueño, luego el frío y después, quién sabe.

Juan Mt

Yucatán, enero de 2018

El otoño

Las montañas se levantaban dominando todo el valle, parecían heridas después de haber recibido tanta lluvia y haber perdido ladera por los derrumbes. Había sido un verano bastante inusual, el agua no había rendido tregua alguna. Todavía se percibían las cimas cubiertas de neblina y una leve brisa anunciaba que la batalla entre los elementos aún no terminaba. El valle era cortado por un río cuyas aguas en otros tiempos cristalinas, parecían ahora tierra en movimiento.

Había un camino que comunicaba el valle con las próximas aldeas, pero ya era intransitable, por todos lados había charcos que no parecían tener intención de secarse. Apenas unos minutos al día, el sol trataba de hacer acto de presencia pero receloso y juguetón con las nubes debajo de él, prefería esconderse por el resto de la tarde a descansar y darse calor a si mismo.

La vida estaba comenzando a sentirse apagada, las aves volaban poco y aunque los demás seres trataban de llevar el ritmo cotidiano de la vida, esta seguía sumida en la añoranza de los días cálidos de la ya lejana primavera. Algunos ciervos pastaban como si nada fuera más importante que hartarse de la vegetación que exuberante estaba creciendo; pero si las lluvias no cesaban, pronto iban a inundarse las cuevas donde buscaban refugio. Todo parecía ya no ser tan cómodo, la naturaleza estaba convidando en exceso el recurso que en otros tiempos fue tan equilibrado con la temporada de sequías.

Una noche. La ya acostumbrada brisa estuvo ausente, se oía el cantar de los grillos y las cigarras, se olía la humedad y se escuchaba el río. Sobre de esos ruidos ambientales, el silencio abrazador que llenó la atmósfera de incertidumbre. No pasó mucho tiempo para que esta paz fuera perturbada, anunciada por un horrible trueno como heraldo y un relámpago que iluminó el cielo. Llegó la más terrible de las tormentas. Todo fue ruido de agua cayendo y en las lejanías, estruendos de tierra viniendo abajo en forma de alud desde lo alto de las montañas. Una batalla que duró oscuras horas y que no se calmó hasta llegada la mañana. Sin embargo, había algo nuevo, algo que no se había percibido los días anteriores. Sobre el horizonte, a lo lejos se divisaba una línea azul, el cielo. Desde aquella dirección nacía de nuevo la esperanza, nacía de nuevo el buen tiempo, nacía el viento norteño que con fuerza barría las nubes hacia otro lugar.

Fue una mañana con ventiscas, una nueva escaramuza elemental, agua contra viento, viento contra lluvia. Y aunque el viento del norte trajo consigo un poco de más lluvia, lavó todo el lodazal del camino. Por la tarde, las nubes se habían ido a otra parte, el sol penetraba anaranjado entre las ramas de los árboles cuyas hojas tornaban del verde al café. Una de ellas cayó de una rama, meciéndose divertida con el viento, mostraba el peciolo en dirección al infinito, y fue a recostarse sobre el césped a la espera de todas sus compañeras. El otoño había llegado.

Fragmento de A ninguna parte

Danza del mar y el invierno

Así como el mar arremete contra los riscos, empujando de vez en vez a la dura costa. La roca permanece inerme ante cada embate, resiste y no se doblega. En algunas ocasiones parte en miles de serpientes la caricia salina, quienes ofendidas pero nunca derrotadas, vuelven a unirse bajo el canto de las caracolas.

Así como el frío invierno arremete contra las montañas, congelando con su gélido calor el paso de las noches. Las estrellas permanecen como espectadoras del espectáculo que se libra en la Tierra. En algunas ocasiones, caprichosas se ocultan tras el velo que cubre la oscuridad pero no abandonan la danza helada de las cumbres con el viento del Norte.

Cuando la furia incontenible del mar no se sosiega con la roca, baila con el frío del invierno. Se sonríen, se acarician bajo la Luna, se golpean, no ceden el uno ante el otro, se regocijan ante el oponente, y vuelven a la carga. Una lucha interminable. El mar grita, embravecido. Se calma, se oye el coro de sus hijos en la profundidad. Se llena de luces propias. El frío invierno apacigua su fuerza. Se detiene, espera sobre la cimas. Charla con los luceros. Después del inmenso silencio, el embate. Vuelven, fieros como al principio. Sin cuartel, sin paso a la tregua, se unen, se abrazan, giran en la vorágine eterna. El mar y el frío invierno se toman, se estrechan. Su fuerza inminente, imparable, sin fin, eterna, un sello de hielos perpetuos.

¿A qué suena el río?

Hace unas semanas algunos amigos y yo fuimos a un lugar cercano para intentar bañarnos en el río y pasar un buen rato. La cosa fue que el río estaba demasiado alborotado ese día y no fue posible nadar pero se me prestó el momento para vacilar un poco con la mente…

Había estado sentado junto al río y éste hacía ruido. ¿A qué suena? Era una buena pregunta. Comencé a imaginar al río. De tanta distancia que viaja, cada que lo ves, te cuenta sus secretos pero uno ya tan metido en lo suyo, se le ha olvidado como escucharlo. Entonces, también me imaginé que no nos cuenta algo; más bien platica con las piedras, les trae las buenas y las malas de las tierras altas, ese sonido quizá es el de una charla. Pensé sobre qué pasaría si al río le quitaras a sus acompañantes. Probablemente se quedaría mudo, ¿a quién le contaría sus historias? Un río sin piedras sería un río mudo. Llegué a la conclusión de que el río no platica con nosotros, majestuoso como es, dedica sus mejores versos a quienes no han podido viajar tan lejos como él, a las piedras. Y que nosotros sólo estamos ahí queriendo hacer lo que hace tiempo se nos olvidó cómo se hacía.
Juan Mt
En “Los Zetales”. Septiembre, 2016.