Él, Indio

El indio caminaba a paso severo sobre la pedregosa vereda. Ni la oscuridad de la noche ni lo agreste del camino parecían inquietar su andar. Solo el arado de las estrellas le acompañaba en su jornada. Cuando llegó a su jacalito, se fue directo al fogón y le sopló un poquito. Sacó del morral unas cinco tortillas y las acomodó en las brasas. De la olla que estaba junto, cuchareó los últimos frijoles con el caldo epazotado y se los echó en una jícara de barro. Volvió a meter la mano en el morral y buscó el par de chiles verdes que se hallaban descolados en el fondo, después se sentó en su tronco de madera frente al fogón. El indio comió sin prisa. Con mucho sosiego sorbió los frijoles ayudándose de las tortillas mientras masticaba chiles. El suave destello rojizo de las brasitas acompañaba la penumbra de su cena y le atoraba la mirada entre cada masticada. Cuando terminó, se quitó el morral y lo colgó en un palo. Después jaló el petate que estaba enrollado todavía en el rincón, quitó el tronco y en su lugar acomodó su cama. Cuando se acostó lo hizo mirando el cielo de su humilde casa, cruzó su brazos tostados por el sol e hizo algo que hacía tiempo que no hacía. Rezó a su Padre Todopoderoso calladito y con fe mientras unas tristísimas y cálidas lágrimas se le escapaban por el rabillo de sus ojos para ir a perderse entre las orejas y su cabello. Así lo agarró primero el sueño, luego el frío y después, quién sabe.

Juan Mt

Yucatán, enero de 2018

Uñas azules

Esa mañana no había llovido pero el calor que comenzó a sentirse rumbo a las diez ya era insoportablemente húmedo. Sindalí todavía estaba en su cama, y se arreglaba las uñas. De color azul turquesa decoraba con esmero sus manos. En eso estaba cuando no muy después, el sonido de un claxón la hizo levantarse y dirigirse a toda prisa hacia la ventana. En la calle estaba Felisser, quien esbozando una sonrisa, la llamó con señas.

Sindalí tomó su bolso, arrojó una botella de agua dentro y también consideró llevar el teléfono celular. Solo se limitó a mirarlo, y lo dejó apagado. Recogió sus llaves y bajó corriendo por las escaleras. Un traspié en el penúltimo escalón le hizo perder el equilibrio y su cabeza chocó contra una maceta colgada en la pared junto a la puerta de la entrada. Molesta y refunfuñando por su torpeza salió, saludó al sol con sus ojos color café, y de un suspiro se perdonó a si misma. Así era Sindalí.

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