A tus sentidos

Persona;

Esta mañana me he despertado con ganas de platicar contigo. Al abrir mis ojos, más tarde que de costumbre, me he dado cuenta de que estar a solas conmigo mismo no me basta. Me gustaría platicar con tus sentidos porque a ellos extraño ahora que te encuentras casi lejos. A pesar de que me arrullo por las noches, y vuela mi imaginación durante el día recordándote, no me basta. Cuando estamos, porque estamos, hay algo más que el contacto de tus manos o el efecto que causa una de tus miradas de afecto sobre mi corazón. Es como si grabaras con cincel y marro sobre una roca de esas que duran muchos años para que alguien recuerde al artista. Sí, y es que así podría describir lo que significa cada momento contigo. Si bien, no hablo de la cosa del pertenecer, bien puedes imaginar que algo causas en mi para que anhele otro segundo contigo. La distancia fue hecha para que se separen de vez en cuando dos corazones y se renueven, es decir, que no se nos vuelvan viejos. El mío comienza a hurgar entonces en lo que ha ido colectando, pero le pide ayuda a mi cerebro para que una piezas y le den sentido a lo que encuentra y no entre en confusiones. Cuando ya ha armado su rompecabezas, te extraña y te ama. Pero no como lo hizo cuando estabas aquí, sino diferente, porque buscó los porqués, las causas, las esencias que dejaste a tu paso en cada una de mis miradas. Quisiera hablarle a tus sentidos porque ellos son los que me miran, me oyen, me escuchan, me olfatean y me tocan, pero también los que me sueñan y los que me aman de la misma pero no igual forma en que los míos se aproximan y abalanzan sobre ti. Sé, espero, que tus sentidos se conmueven de lo que somos, porque somos, y por ello se renueven y vuelvan sanos a encontrarnos cuando nuestras manos se toquen una vez más.

Persona.

Migraciones

Lo que quiero no es un imperativo a tu libertad,
mis deseos no buscan transgredir tu vuelo a la inmensidad;
Lo que quiero solo es una solicitud del alma taciturna
que se quedó postrada en esta cama frente a la ventana.

Quiero verte aterrizar en el balcón
como las aves que vuelan en primavera.
Que entres por ella como los rayos del cálido sol,
y que me despiertes con el abrazo del viento.

Si lo que solicito te sobrepasa,
deja caer una de tus plumas
para que con ella escriba diez historias
sobre las parvadas que migran al sur.

Deja que escriba diez historias
para que cuando pases de regreso a casa,
te lleves algo de tinta seca
entre tu par de alas.

Y cuando vueles rumbo al atardecer
quizá al fin decidas,
entrar por mi ventana.

En: A ninguna parte

El onceavo día de octubre

Parte 1 – Comenzó con un intento desesperado de poema:

“A veces parece que estás bajo las rocas,
a veces parece que el agua de los ríos disfraza tus pasos,
a veces pareces un arcoíris,
a veces simplemente pareces una estrella fugaz.

Y lo malo es que no reviso bajo las rocas,
el agua de los ríos me queda lejos,
no veo arcoíris porque cuando llueve estoy bajo resguardo,
y no veo estrellas fugaces porque ya no miro al cielo.”

Parte 2 – Una corta exposición de locos motivos:

– Bueno, es que no siempre te diré cosas bonitas. Algunas veces te diré mis temores y sufrimientos entre líneas. No solo hay blanco y negro, ni escala de grises. No solo amor y odio. Hay un espectro de colores, así como de sentimientos. ¿Para qué darte lo mejor de mi para conquistar tu cariño, si entero perfecto no soy? Un par de rotos no se cosen, se unen por dónde encajan.

Parte 3 – Envió un ataque lógico:

Sé que huirás, correrás, te esconderás y temerás. Y no te buscaré, ni correré, te encontraré o seré valiente para y por ti. Simplemente, habrá ocasiones en que me siente bajo un árbol a esperar a que regreses. Si tengo que echar raíces bajo él, que así sea, pero no te olvides de mí y ponme agua de vez en cuando.

Parte 4 – Tomó el abrelatas y dejo al descubierto el pecho:

Al final, con un segundo de ti, tengo suficiente para que vivas aquí dentro… eternamente.

Parte 5 – …creyó saberlo todo:

“Con ese instante puedo cerrar los ojos; imaginar que estoy junto a ti, que tomo tu mano, te abrazo. No tengo que tocar tu boca o tus labios para sentir que tu cuerpo es tibio y que se estremece con el viento frío. Porque ya lo sé; tus ojos, tu sonrisa, tu cabello y tu olor responden a cada cambio de los elementos y yo, yo me doy cuenta.”

Parte final – Finales inesperadamente esperados:

“Bueno, supongo que me lo merezco” – eso pensaba, mientras su ondulado cabello castaño se perdía entre el dintel y los hubieras que siguieron al portazo.

En: A ninguna parte

El otoño

Las montañas se levantaban dominando todo el valle, parecían heridas después de haber recibido tanta lluvia y haber perdido ladera por los derrumbes. Había sido un verano bastante inusual, el agua no había rendido tregua alguna. Todavía se percibían las cimas cubiertas de neblina y una leve brisa anunciaba que la batalla entre los elementos aún no terminaba. El valle era cortado por un río cuyas aguas en otros tiempos cristalinas, parecían ahora tierra en movimiento.

Había un camino que comunicaba el valle con las próximas aldeas, pero ya era intransitable, por todos lados había charcos que no parecían tener intención de secarse. Apenas unos minutos al día, el sol trataba de hacer acto de presencia pero receloso y juguetón con las nubes debajo de él, prefería esconderse por el resto de la tarde a descansar y darse calor a si mismo.

La vida estaba comenzando a sentirse apagada, las aves volaban poco y aunque los demás seres trataban de llevar el ritmo cotidiano de la vida, esta seguía sumida en la añoranza de los días cálidos de la ya lejana primavera. Algunos ciervos pastaban como si nada fuera más importante que hartarse de la vegetación que exuberante estaba creciendo; pero si las lluvias no cesaban, pronto iban a inundarse las cuevas donde buscaban refugio. Todo parecía ya no ser tan cómodo, la naturaleza estaba convidando en exceso el recurso que en otros tiempos fue tan equilibrado con la temporada de sequías.

Una noche. La ya acostumbrada brisa estuvo ausente, se oía el cantar de los grillos y las cigarras, se olía la humedad y se escuchaba el río. Sobre de esos ruidos ambientales, el silencio abrazador que llenó la atmósfera de incertidumbre. No pasó mucho tiempo para que esta paz fuera perturbada, anunciada por un horrible trueno como heraldo y un relámpago que iluminó el cielo. Llegó la más terrible de las tormentas. Todo fue ruido de agua cayendo y en las lejanías, estruendos de tierra viniendo abajo en forma de alud desde lo alto de las montañas. Una batalla que duró oscuras horas y que no se calmó hasta llegada la mañana. Sin embargo, había algo nuevo, algo que no se había percibido los días anteriores. Sobre el horizonte, a lo lejos se divisaba una línea azul, el cielo. Desde aquella dirección nacía de nuevo la esperanza, nacía de nuevo el buen tiempo, nacía el viento norteño que con fuerza barría las nubes hacia otro lugar.

Fue una mañana con ventiscas, una nueva escaramuza elemental, agua contra viento, viento contra lluvia. Y aunque el viento del norte trajo consigo un poco de más lluvia, lavó todo el lodazal del camino. Por la tarde, las nubes se habían ido a otra parte, el sol penetraba anaranjado entre las ramas de los árboles cuyas hojas tornaban del verde al café. Una de ellas cayó de una rama, meciéndose divertida con el viento, mostraba el peciolo en dirección al infinito, y fue a recostarse sobre el césped a la espera de todas sus compañeras. El otoño había llegado.

Fragmento de A ninguna parte

Argumentos

Te quiero;
hoy, ahora, en este momento,
y a medida que lo escribo,
cada palabra
convertida en pasado,
vuelve al presente
para poder decirte
que te quiero.

Te quiero;
del presente al futuro,
desconocido como será,
probable como es;
que en máquina del tiempo
regresa palabras
para poder decirte
que te quiero.

Te quiero;
cuando en un sueño estás
y en él duermes,
acariciada por la tinta,
cubierta por hojas de papel,
protegida con pasta dura
con una inscripción que dice:
te quiero.

Danza del mar y el invierno

Así como el mar arremete contra los riscos, empujando de vez en vez a la dura costa. La roca permanece inerme ante cada embate, resiste y no se doblega. En algunas ocasiones parte en miles de serpientes la caricia salina, quienes ofendidas pero nunca derrotadas, vuelven a unirse bajo el canto de las caracolas.

Así como el frío invierno arremete contra las montañas, congelando con su gélido calor el paso de las noches. Las estrellas permanecen como espectadoras del espectáculo que se libra en la Tierra. En algunas ocasiones, caprichosas se ocultan tras el velo que cubre la oscuridad pero no abandonan la danza helada de las cumbres con el viento del Norte.

Cuando la furia incontenible del mar no se sosiega con la roca, baila con el frío del invierno. Se sonríen, se acarician bajo la Luna, se golpean, no ceden el uno ante el otro, se regocijan ante el oponente, y vuelven a la carga. Una lucha interminable. El mar grita, embravecido. Se calma, se oye el coro de sus hijos en la profundidad. Se llena de luces propias. El frío invierno apacigua su fuerza. Se detiene, espera sobre la cimas. Charla con los luceros. Después del inmenso silencio, el embate. Vuelven, fieros como al principio. Sin cuartel, sin paso a la tregua, se unen, se abrazan, giran en la vorágine eterna. El mar y el frío invierno se toman, se estrechan. Su fuerza inminente, imparable, sin fin, eterna, un sello de hielos perpetuos.

Uñas azules

Esa mañana no había llovido pero el calor que comenzó a sentirse rumbo a las diez ya era insoportablemente húmedo. Sindalí todavía estaba en su cama, y se arreglaba las uñas. De color azul turquesa decoraba con esmero sus manos. En eso estaba cuando no muy después, el sonido de un claxón la hizo levantarse y dirigirse a toda prisa hacia la ventana. En la calle estaba Felisser, quien esbozando una sonrisa, la llamó con señas.

Sindalí tomó su bolso, arrojó una botella de agua dentro y también consideró llevar el teléfono celular. Solo se limitó a mirarlo, y lo dejó apagado. Recogió sus llaves y bajó corriendo por las escaleras. Un traspié en el penúltimo escalón le hizo perder el equilibrio y su cabeza chocó contra una maceta colgada en la pared junto a la puerta de la entrada. Molesta y refunfuñando por su torpeza salió, saludó al sol con sus ojos color café, y de un suspiro se perdonó a si misma. Así era Sindalí.

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