Él, Indio

El indio caminaba a paso severo sobre la pedregosa vereda. Ni la oscuridad de la noche ni lo agreste del camino parecían inquietar su andar. Solo el arado de las estrellas le acompañaba en su jornada. Cuando llegó a su jacalito, se fue directo al fogón y le sopló un poquito. Sacó del morral unas cinco tortillas y las acomodó en las brasas. De la olla que estaba junto, cuchareó los últimos frijoles con el caldo epazotado y se los echó en una jícara de barro. Volvió a meter la mano en el morral y buscó el par de chiles verdes que se hallaban descolados en el fondo, después se sentó en su tronco de madera frente al fogón. El indio comió sin prisa. Con mucho sosiego sorbió los frijoles ayudándose de las tortillas mientras masticaba chiles. El suave destello rojizo de las brasitas acompañaba la penumbra de su cena y le atoraba la mirada entre cada masticada. Cuando terminó, se quitó el morral y lo colgó en un palo. Después jaló el petate que estaba enrollado todavía en el rincón, quitó el tronco y en su lugar acomodó su cama. Cuando se acostó lo hizo mirando el cielo de su humilde casa, cruzó su brazos tostados por el sol e hizo algo que hacía tiempo que no hacía. Rezó a su Padre Todopoderoso calladito y con fe mientras unas tristísimas y cálidas lágrimas se le escapaban por el rabillo de sus ojos para ir a perderse entre las orejas y su cabello. Así lo agarró primero el sueño, luego el frío y después, quién sabe.

Juan Mt

Yucatán, enero de 2018

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